¿Listo para el trasplante?

Foto Angel Gago blog

Angel Gago Santamaría

«¿Preparado?. ¿Listo para el trasplante?». Esta frase fue el comienzo de unos acontecimientos vividos el (y desde) 9 de junio de 1993: previamente una llamada del Hospital de Cruces, a las 6:00 h. de la mañana, me despertaba y requería mi presencia en Cruces ante la posibilidad de un trasplante. Nervios, maleta y al hospital…, a la sala de espera, donde otras personas y familias habían sido citadas con el mismo objetivo.

Resulta innecesaria mi respuesta a esa pregunta coloquial (de si estaba listo), pues previamente también había tenido algún pequeño chequeo. En ese momento, lo cierto es que (me imagino) que tuve múltiples pensamientos (han pasado más de 20 años), pero hay dos que recuerdo con nitidez: que tenía mucho trabajo en mi despacho por realizar (y que necesitaba alguna hora para dar instrucciones), y el segundo pensamiento se centró en las otras personas que estaban compartiendo espera y a las cuales su riñón soñado no llegaría porque iba a estar destinado a mi persona. Esta sensación me produjo una profunda inquietud hasta el punto de que me emocioné cuando se lo comentaba al Doctor que me estaba anunciando esa posibilidad de trasplante inmediato: toda mi vida me ha acompañado ese sentimiento mixto de alegría y compasión.

Se me comunicaba que iba a ser trasplantado tras un período (afortunadamente) corto de diálisis. Después han sucedido muchas cosas -prácticamente todas buenas-, pero también es cierto que hubo un antes; y a ese antes y después, dedico las siguientes líneas.

Antes

A mediados de los años 60 trabajaba como aprendiz en una empresa: tenía menos de 18 años, y para entonces mis padres habían fallecido; precisamente, mi madre falleció por la poliquistosis renal (la enfermedad que yo había heredado pero que todavía no conocía).

Con un compañero de trabajo, a las 7:00 h., acudíamos a un gimnasio a practicar algo de kárate…; me imagino que era para llegar en forma al trabajo. Así nos divertíamos en aquella época; y así fue como recibí a destiempo un golpe de kárate que no paré y al que tampoco di mayor importancia. Sin embargo, al ir al vestuario y entrar al baño, me pareció que la vida se me escapaba del cuerpo ya que orinaba prácticamente sangre: fue todo un impacto que tampoco he olvidado.

A partir de aquí, con el lógico temor de un chaval de menos de 18 años, acudo al médico y recibo una bronca de órdago: «¿qué haces practicando kárate con unos riñones poliquísticos?». No sabía mucho de enfermedades, pero inmediatamente comprendí que había heredado lo que tenía mi madre. Sobra decir que, a partir de ese momento, abandoné mi afán por el deporte (la verdad es que era todo un palo tener que acudir a esas horas tan intempestivas para luego trabajar y, más tarde, estudiar).

Bien, ya sabía lo que tenía y, en ese momento, por lo menos así lo percibí, había que esperar un desenlace como el de mi madre que había fallecido sin disfrutar de los 35 años: empecé a hacer chequeos periódicos para vigilar la evolución del funcionamiento renal y, en medio -por si las cosas se torcían- decidí que no habría colina que no subiera, valle que no visitara o relación que no experimentara: ¡menuda vida me di!. Era la época del “vive rápido y muere joven”; y desde luego que cumplí a conciencia con la primera parte del objetivo.

Sin embargo, según pasaban los años (casi 3 décadas), percibí cómo la medicina avanzaba, y llegaba la técnica de los trasplantes; y fue en ese momento cuando me entraron dudas respecto a mi futuro: ¿tendría que bajar el ritmo y ser más cauto?. Yo mismo me di la respuesta, hasta el punto de que empecé a pensar previsoramente en los planes de pensiones…. Frené el ritmo (aunque la verdad no demasiado): había que dejar de dilapidar cuerpo y cartera. Corrían los años 90, y comencé a pensar que lo de mi madre quizás no se repitiera, que la vida me había ofrecido más tiempo y que debía ser más responsable.

La creatinina se deterioraba, fístula en el brazo preparando lo que habría de llegar, visita a un salón de diálisis (para aclimatarme), y en el 92 visita “con residencia”. Pocos de los que me rodeaban se dieron cuenta de que estaba en diálisis: subía a mediodía, picaba y bebía generosamente (por si está prohibido, no identificaré dónde lo hacía) y, tras la diálisis, vuelta a trabajar: no recuerdo faltar nunca al trabajo. Recuerdo con tristeza algunos compañeros (de sala de diálisis) que, en mi opinión, no se enfrentaban a esta situación con el -a mi juicio- suficiente instinto de supervivencia. Un recuerdo: jamás miré las agujas de la diálisis…, el pincharme en vena todavía no lo he superado (y no será por falta de oportunidades).

Me informaron de que para entrar en lista de trasplantes era imprescindible la extracción de uno de los riñones (por el tamaño que tenían): la verdad es que aquí la suerte no estuvo de cara, y las navidades del 92 (hasta Reyes), me las pasé con tres intervenciones seguidas: una para extraer, una para corregir y una para curar. Fue duro pero ya estaba listo para el trasplante…, tocaba esperar: para el lector que haya tenido la paciencia de llegar hasta aquí, puede ir al inicio del artículo…; el después, si así os parece, lo detallo a continuación (aunque lo podéis dejar para otro día), pero adelanto el desenlace: ¡Qué suerte he tenido!, ¡qué vida he disfrutado!.

Angel  T. Gago Santamaría

(Continúa en la siguiente entrada)

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